El Día Internacional del Migrante, 18 de diciembre, y el resto de los días del año, representa una ocasión para celebrar las múltiples contribuciones, económicas, sociales y culturales, que realizan los migrantes tanto a sus países de acogida como a sus países de origen.
Y sin embargo, siguen siendo demasiados los migrantes que, en vez de reconocimiento por su contribución, no hallan sino desprecio y son víctimas de racismo y xenofobia. En los países de acogida, encuentran hostilidad en lugar de hospitalidad. Y a menudo se convierten en chivos expiatorios por los fallos de los Gobiernos y de la sociedad.
En lugar de abordar los desequilibrios globales y la desigualdad, la opresión y la extrema pobreza, que obligan a la mayoría de los migrantes del mundo a perder sus raíces, muchos políticos se convierten en cómplices del vilipendio de los migrantes, con un “discurso duro” sobre la inmigración e introduciendo políticas migratorias cada vez más restrictivas y punitivas.
La migración puede desembocar también en desastres humanitarios. La reciente tragedia en Lampedusa, donde perdieron la vida, entre otros, 270 migrantes sirios, constituye sólo un ejemplo de lo que está ocurriendo en todas las regiones del mundo. Tales incidentes no sólo resultan impactantes a causa de la pérdida de vidas humanas y, en algunos casos, la indiferencia local; sino que además vienen a demostrar lo desesperados que pueden llegar a estar muchos migrantes para intentar escapar a toda costa. Para ellos, morir ahogados ha sido el último capítulo en una historia de degradación, miseria y desesperación. Su migración no fue elegida, sino dictada por las consecuencias de fracasos de la política mundial y local en muchas áreas, incluyendo el desarrollo, el empleo, los derechos humanos, la protección social y unos servicios públicos de calidad, cuya ausencia despoja a las personas de oportunidades y de toda esperanza. Esos fracasos han supuesto la pérdida, para demasiados, de su derecho efectivo a no emigrar.
Noventa por ciento de los 232 millones de migrantes que hay en el mundo abandonan sus hogares en busca de trabajo. Es por ello que los derechos laborales son un elemento central de la migración. Las vidas de los trabajadores y las trabajadoras migrantes suponen muchas veces luchas constantes por obtener respeto y dignidad humana. Son objeto de toda una serie de violaciones de sus derechos, por parte de agencias de contratación, agentes locales, agencias gubernamentales, empleadores, y los ciudadanos del país de destino. Esta cadena de opresión sitúa a menudo a las mujeres migrantes, que representan cerca del cincuenta por ciento de los migrantes internacionales, en circunstancias particularmente crueles y humillantes.
La Agrupación Global Unions llama la atención en especial sobre la situación en los países del Golfo, como Qatar, donde los trabajadores/as migrantes constituyen la mayoría de la mano de obra, pero se les deniegan los derechos más elementales, incluyendo la libertad de asociación y el derecho a la negociación colectiva.
No obstante, incluso en países que, sobre el papel, respetan los derechos humanos, incluidos los derechos sindicales, los trabajadores migrantes suelen concentrarse en trabajos precarios. Para esta mano de obra “desechable”, incluso la posibilidad de luchar está fuera de su alcance. Muchas veces les resulta difícil o imposible obtener el derecho a vivir sin temor y el respeto de los derechos humanos fundamentales.
Con ocasión del Día Internacional del Migrante, la Agrupación Global Unions insta a los Gobiernos a:
Enlace: www.global-unions.org
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